JERICÓ,
DIEZ MIL AÑOS DE HISTORIA
Braulio
Manzano S.J.
Publicado
en la revista Tierra Santa, Noviembre-diciembre 1988
Actualizado
por J. Peláez
La
vida vegetal estalla más que irrumpe cuando se llega a Jericó desde el
Desierto de Judá por el norte o por el oeste, y desde la hondonada del Mar
Muerto por el sur. Ciudad de la Luna y
también de los Perfumes son poéticas
significaciones que se atribuyen a su nombre. Se preferirá la denominación que
se le da en el Antiguo Testamento: Ciudad
de las Palmeras (Dt 34,3). Estas admiran por la plétora en troncos, ramas y
frutos.
En
los Evangelios se vislumbra la Jericó anterior a Josué, el valiente sucesor de
Moisés, mediante la aparición en la lista genealógica que aporta Mateo de una
de sus cinco integrantes femeninas: Rahab de la que "Salmón engendró
a Booz" (Mt 1,5), la mujer que escondió a los exploradores de Josué y
después les facilitó la huida (Jos 2,1-24). Otros libros del Nuevo Testamento
recordarán tal auxilio. La carta a los Hebreos exalta la fe que libró de
perecer a la mujer de vida airada de Jericó (Heb. 11,31). La de Santiago el
Menor encomia más bien la justificación de Rahab por las obras (Sant 2,25). En
forma directa aparece Jericó en los Evangelios con ocasión de dos episodios:
el de dos ciegos (o uno) y el de
Zaqueo. El primero lo traen los tres sinópticos (Mt 20,29-34; Mc 10,46-52; Lc
18,35-43); el segundo sólo el tercero, Lucas (19,1-10).
La Jericó formal de los sinópticos, es decir, la
Jericó de tiempos de Jesús, comprendía la ciudad antigua y la contemporánea,
distinguiéndose todavía en la segunda la del poblado y la monumental. Los términos
evangélicos de "acercarse, entrar, atravesar y salir", reclaman y
autorizan la distinción. Esos verbos se han de situar en la Jericó de
entonces. Afortunadamente, las referencias de Flavio Josefo, los relatos de los
peregrinos y, en particular, las excavaciones de la Jericó herodiana desde que
en 1.868 Warren desescombrara un ánfora romana con inscripción latina en el
cuello, permiten moverse con relativa mayor facilidad que en el pasado al tratar
de seguir el recorrido evangélico.
Por
la Jericó antigua se entiende la cananea, la de Tell el-Sultán, la más
excavada de Palestina. Esta, mientras no se dé con otra similar, podría ser la
derruida en la conquista de Josué y la reedificaba por Jiel de Betel al precio
de dos de sus hijos "según palabra de Yahvéh por boca de Josué" (Jos
6,1-27).
Contemporánea
denominamos tanto a la Jericó popular como a la residencial. La popular habría
descendido del tell (palabra que
significa montón de ruinas, debido a la acumulación de materiales de distintas
ocupaciones humanas) a
sus contornos, sin alejarse del manantial de Eliseo, en épocas de mayor
seguridad pública. Sería la que hoy proporcionaría restos por debajo del
poblado de refugiados árabes. También la que en los días de Herodes se
desplazaría más al sureste, a nivel inferior de la residencial del monarca, en
el poblado árabe Ariha, entre el arroyo del manantial y Wadi Kelt. Junto al
oasis y vigilando sus fincas, habitarían los más acomodados.
Coincidiría
esta Jericó con la situada diez estadios - 1.870 m - al oeste del campamento
de Gálgala, según Josefo (Antiguedades Judías, VI, 1); dos millas al sureste
de la antigua - 2.992 m - según Teodosio; al este y no lejos del árbol de
Zaqueo según el anónimo de Piacenza. Ésta se identifica probablemente con la
reproducida en el mosaico de Mádaba que la sitúa, amurallada y con torres,
entre palmeras. Mirando hacia el oeste en el mapa, disponía de dos puertas, una
en arco y otra rectangular. Medía su perímetro, según S. Epifanio, más de 20
estadios - 3.740 m - longitud que supone un radio de 595 metros. La unía un
camino a la iglesia construida sobre el monumento dedicado al profeta Eliseo,
"al santo Eliseo" en el mosaico. Tal iglesia se elevaba, según el
peregrino Teodosio, junto al manantial y sobre dicho monumento. El mosaico la
sitúa por su nombre donde Josefo y el Anónimo de Piacenza. Debió de
conservarse hasta el siglo VII, cuando el obispo Arculfo, año 670, encontró
destruida la ciudad. Cosroes, a su paso por ella, en el 614, no debió dejar
piedra sobre piedra. Monasterios e iglesias de los siglos precedentes, el templo
a la Madre de Dios y el hospicio para peregrinos edificados por Justiniano en el
siglo VI, igual que la iglesia con las doce piedras que recordaban el paso del
Jordán por los israelitas (la "Dódecalithon" del mosaico madabense),
fueron arrasados.
La
Jericó actual vendría a alzarse en el siglo XVI sobre las ruinas de la judeo-romano-bizantino-cruzada.
En 1848 era, según Mislin, un pueblo de cuarenta cabañas, para árabes que vivían
del pillaje y con abundancia de escorpiones negros en las cercanías. Favorecida
por el cruce de caminos y la excepcional fertilidad del suelo, se reavivó
durante el protectorado inglés y la administración jordana.
La Jericó de Herodes el Grande
A la Jericó de Herodes el Grande le convienen las notas de estratégica, palaciega, recreativa, productiva y lucrativa. Han sido los arqueólogos Bliss -1894-, Sellín -1909-1911-, Pritchard -1951- y Kelso 1954, entre otros, quienes han desenterrado partes notables de esta otra Jericó contemporánea de Jesús. A diferencia de la anterior, en la llanura y en el oasis, ésta se alzaba al pie de los montes que rodean la explanada por el oeste, terminales del estéril Desierto de Judá. Arriba de Jericó - escribe Josefo refiriéndose a Herodes- levantó las murallas de un lugar fortificado, muy notable por su solidez y hermosura y lo dedicó a su madre, denominándolo Cipros". Con la palabra arriba se indica el lado sureste del wadi Kelt, a más de un centenar de metros de desnivel respecto de la ciudad de Ariha, allí donde se ha localizado un torreón cuadrado de 20 m de lado con interior circular seccionado en nueve salas.
Al
noreste, con la torrentera y 460 metros de por medio, se elevaba otro torreón más
reducido, de sólo 11 m. La villa se extendía a lo largo de dos kilómetros
defendida por ambos fortines.
Josefo
habla del palacio real, del hipódromo, de la piscina, de edificios hermosos y cómodos.
Entre la fortaleza Cipros y el Wadi ha
sido desenterrado un jardín rectangular -173 m por 37- resguardado tras sólidos
muros. Por encima y detrás se encontró una construcción trapezoidal de
cimientos firmes, un gimnasio quizás. La escalinata central del jardín concluye
ante un estanque circular cuyo revoque permanece impermeable. Por debajo del
torreón norte, un depósito remitía el agua a la llanura. La antigüedad viene
indicada por el "opus reticulatum" de los muros del jardín, técnica
de construcción romana que aquí posee su muestra principal, al oriente de
Italia. También la numismática acusa un predominio neto para la primera parte
del siglo inicial de nuestra Era. En cuanto a su propiedad y origen tampoco
tienen dudas los arqueólogos: se trata de una residencia real atribuible a
Herodes más que a su hijo Arquelao por haber sido levantada entre los años 18
antes de Cristo al 6 después de Cristo.
Noticias
históricas de la época completan esta conclusión: se celebraba
Jericó por el sabor de sus dátiles, por la fragancia de sus rosaledas,
por la excelencia de su bálsamo. Era sabido que el bálsamo fue obsequio de la
Reina del Mediodía a Salomón y que el rey sapientisimo lo plantó en Jericó,
"país divino donde nacen las cosas más raras y más bellas".
Estrabón,
Plinio y otros autores dan fe de la codicia del mundo romano por el bálsamo de
Jericó. Ello motivó que Cleopatra consiguiera de Marco Antonio el presente de
los jardines de Jericó. Herodes disimulará el desafuero del aliado y amigo que
le desproveyó de gran parte del litoral palestino y del distrito de Jericó.
Herodes obtuvo de Cleopatra la recaudación del tributo de ciertos territorios
nabateos y el arriendo de palmerales y balsamar "por 200 talentos
anuales", cantidad que equivalía a la mitad de la renta de la etnarquía
futura de Arquelao y era igual a la de la tetrarquía de Antipas. Así
correspondió la faraona a los agasajos de Herodes al pasar ella por Judea en el
año 34 anterior a la Era Cristiana
Como
la posesión real vigilaba el tránsito entre el Jordán y Jerusalén y protegía
de cerca las posesiones herodianas en Jericó, aunque el esclavo regio Simón
incendiara y robara el palacio durante la anarquía posterior al fallecimiento
de Herodes, el etnarca Arquelao pronto reparó y mejoró las posesiones. A las
aguas provenientes de los tres manantiales más cercanos, añadió las de otro
a 12 kms, el de Am el-'Aujeh. Igual que en parte sucede actualmente, vanas
canalizaciones de aguas desembocaban en Jericó donde se distribuían para
regar "jardines". Éstos, conforme a las dimensiones aportadas por
Josefo, superaban dos veces y un tercio la extensión de la llanura de Genesaret,
en Galilea.
El
agua provenía del propio torrente Kelt y del copioso manantial de Fauar, por
debajo de la confluencia del wadi Suweinit con El Fará. Tanto valoraban los judíos
la posesión herodiana de Jericó que impidieron por todos los medios a
Vespasiano y Tito conseguir una sola planta de bálsamo para presentarla en
Roma. Los soldados de la fortaleza de Cipros que la custodiaban, perecieron en
el año 64 de nuestra Era, cuando los judios en revuelta "mataron a los que
la guarnecían y derribaron sus defensas"
Jesús pasa por Jericó
En
iguales manos se encontraría 34 años antes, siendo Poncio Pilato Procurador de
Judea y Jericó la undécima y última cabeza de toparquía en tal provincia
romana.
Corría
el mes de marzo cuando Jesús transitó por las proximidades de la real posesión
en su postrer marcha a la Ciudad Santa. Los textos no dicen de qué parte provenía
ni tampoco se deduce obviamente de los mismos. Si por más completo y posterior
preferimos como guía el itinerario de Lucas, el episodio de los ciegos pudo
ocurrir "al salir" Jesús de la Jericó antigua - la próxima a Tell
el-Sultán - y "al acercarse" a la Jericó moderna - la del poblado de
Ariha -. Las increpaciones a los ciegos para que bajaran el tono en sus desgarradas
imprecaciones al Hijo de David, se explicarían mejor por la proximidad a la
fortaleza e incluso por la presencia de algún o algunos de sus guardianes. Jesús
y su comitiva se hallarían en la Jericó oficial de entonces, la amurallada
y rodeada de torres del mosaico madabense, donde también las palmeras
desplegaban sus penachos y los sicómoros o cabrahigos ofrecían tronco y
ramas para palcos de espectadores curiosos y cortos de estatura. Zaqueo tendría
su morada en el interior de la misma. Lo requería la mayor seguridad de los depósitos
dinerarios en poder del jefe de los publicanos del distrito, recaudador y
banquero en una pieza. Bartimeo, que tan agradecido se mostró luego de recobrar
la visión, habría de orientarnos a fin de situar exactamente los sitios de
la curación del ciego por Jesús, del sicómoro-balcón de Zaqueo y de la casa
de este arrendatario de impuestos, morada en la que Jesús se invitó a
hospedarse y en la que fue recibido con gratitud.
¿Dónde localizar las escenas evangélicas que
tienen lugar en Jericó?
Pasaron
los siglos y en tiempos del peregrino de Piacenza, año 570, se situaba al
oeste, por debajo de la montaña, el árbol o sicómoro al que subió Zaqueo
para ver a Jesús. El lugar de la curación de los ciegos vendría a fijarse en
Beit Jaber et-Tahta'ni, ruinas de una torre o puesto de guardia en las cercanías
o dentro de la posesión herodiana. Aquí "la tradición cristiana a partir
del siglo IV y después constantemente, ha situado el (dicho) milagro",
esto es, "a la entrada de la vía romana en la llanura de Jericó y en el
punto que corresponde" a tal torre. Mas, como advierte el P. Augustinovic,
si esta tradición se halla de acuerdo con los evangelios de Mateo y de
Marcos, esto no se puede decir de la casa y del sicómoro de Zaqueo, sea
antigua o medieval la tradición. "Tanto la casa como el sicómoro, debían
hallarse en la ciudad misma" puesto que Jesús "habiendo entrado en
Jericó atravesaba la ciudad", conforme refiere S. Lucas (19,1).
Hasta
la segunda década de este siglo soldados turcos hacia la guardia en la torre
cuadrada de diez metros de lado por doce de altura. Quedaba cerca de la hospedería
rusa actual y, cuando menos desde el siglo XIV, fue señalada como el lugar de
la casa de Zaqueo en medio de la villa. Mosaicos, inscripciones, restos arquitectónicos,
etc., hallados tanto en la iglesia llamada de Artimos como en la denominada de
S. Andrés, la basílica de 34 metros de larga por 18 de ancha desenterrada en
1934 en Tell Hassan y de nuevo cubierta; la leyenda sepulcral del Oratorio de
S. Jorge datada como del 11 de diciembre del año 566, hallada en el jardín de
la moderna hospedería rusa, señalan las esquinas del cuadrilátero irregular
de la moderna Jericó y prueban claramente que el asiento de ésta coincide
con el de la Jericó bizantina. Indican también la intensidad de la vida
cristiana en el oasis de Jericó hasta la invasión mahometana como mínimo.
Consta que ya en el año 325 la Capital del valle del Ghor era regida en lo
eclesiástico por un Obispo.
Sin
duda que los cristianos de Jericó no olvidaron fácilmente el último tránsito
del Maestro por la Ciudad de las
palmeras. En tal ocasión Jericó debió hervir en fervores patrios más de
lo razonable y conveniente. Lealtad y discreción descuellan en la parábola de
las minas enseñada entonces por Jesús cuando estaba cerca de jerusalén y
tras el encuentro con Zaqueo (Lc 19,11-27). Veinticuatro años hacia que el
emperador Augusto desproveyó a Arquelao de su etnarquía y lo había desterrado
a Vienna de las Galias, privándole de sus rentas que pasaron al fisco del
Cesar.
Una
década antes, en el año 4 antes de Cristo, pudo ocurrir que mientras Arquelao
estuvo ausente en Roma para recabar su titulo de rey, dejara varios
administradores en las posesiones de Jericó. Pudo igualmente suceder que
entre los vecinos de Jericó hubiera quienes temieran a Arquelao e intervinieran
personalmente en la embajada de los cincuenta a los que secundaron más de
ocho mil judíos de Roma para impetrar de Augusto "la autonomía de la
nación" en lugar de arrojarla bajo "quienes la desgarrarían
cruelmente" (Guerra Judía, II,
80-100). Verosímil es incluso que en esa embajada se pronunciara el mensaje
de la legación de la parábola: "No queremos que éste reine sobre
nosotros" (Lc 1 9,14). Si Jesús aludió al rechazo de Arquelao como rey,
silenció, sin embargo, otros sucesos dolorosos cuyos marcos se ofrecían
constantemente a la vista de los habitantes de Jericó. La piscina en la que
en el año 35 a. C., cómplices de Herodes sumergieron a Jonatán, cuñado del
idumeo y Sumo Sacerdote a los 17 años, hasta ahogarle (Guerra
Judía, 1, 437). Los sitios en donde fueron quemados vivos cuarenta jóvenes
y dos doctores de la Ley por el derribo del águila áurea plantada sobre la
puerta del Templo (Guerra Judía I,
648-655). La torre-prisión en la que fue herido por lanza Antípatro, hijo de
la idumea Doris primera de las ocho mujeres de Herodes, por mandato de éste,
cinco días antes de su fallecimiento. El llamado Hipódromo donde fueron
encerrados y después libertados "los hombres más destacados de todas y
cada una de las aldeas de Judea" cuyo asesinato habría de acrecentar las lágrimas
de los judíos a la muerte de Herodes (Guerra
Judía I, 659-660). El anfiteatro, en fin, en que se leyó el testamento del
sanguinario monarca y donde Arquelao fue aclamado como presunto rey (Guerra Judía I, 666-670).
Ha sido descubierta la Jericó de Herodes
Birket
Musa, el estanque de Moisés, situado a la salida del wadi Kelt hacia el Jordán
y a su derecha y a la de la antigua vía romana, conserva todavía parte de sus
muros. Sería la piscina en que fue ahogado Jonatás o Aristóbulo, que ambos
nombres llevó el joven hermano de Mariamme. Las excavaciones ha descubierto
tanto el hipódromo como el anfiteatro. Cientos de toneladas suponen los metros
cúbicos de piedras, cascotes y tierra que se removieron y trasladar en los
desescombros. Desde 1973 a 1983 el equipo del Dr. Ehud Netzer desenterró la
sala de recepción (30 m de longitud por 20 de anchura) y la casa de baños con
cinco cámaras. Dentro de su especifico destino son las construcciones más
espaciosas descubiertas hasta hoy. Mármoles policromos pavimentaron la sala.
Este equipo de la Universidad hebrea de Jerusalén ha descubierto los baños
rituales judíos de palacios asmoneos, anteriores a las construcciones
herodianas, los más antiguos que se conocen.
Los
resultados arqueológicos nada adolecen de históricamente desestimables: la
Jericó residencial de Herodes, su paradisíaco cuartel de invierno, la villa
palacio que presenciara la muerte del tirano, han sido localizados en parte
notable, y al descubierto quedan no pocos de sus muros y dependencias.
Casi
se siente el impulso de comentar "caliente", "templado",
"frío", cuando vemos a viajeros como Mons. Jacobo Mislin recoger
fragmentos de cerámica y asas de hierro y sugerir que es probable que en la
colina contigua al manantial de Eliseo se hubiera alzado el castillo de Cipros...
Actualmente el peregrino en la Ciudad de las Palmeras - la de Rahab en el Antiguo Testamento y la de Bartimeo y Zaqueo en el Nuevo- puede orientarse con mayor acierto y conocimiento de causa que Mons. Mislin el 17 de octubre de 1848.
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Para
más información arqueológica actualizada sobre la ciudad de Jericó, puede
verse Guía de Tierra Santa.
Historia-Arqueología-Biblia, de Florentino Díez, editada por Verbo Divino
(pp. 206-214) o Peregrinación a Tierra
Santa, de Carlos Sáez, Teodoro López y Angel Martín, publicada por Edicel
(Bustamante 35, 1º D. 28045 Madrid (pp.348-351). Información sobre estas guías
puede encontrarse en la sección de Novedades editoriales de esta página web.